Homilia de la misa Crismal 2010

HOMILIA DE LA MISA CRISMAL 2010

Muy querido hermano Mons. Oswaldo Azuaje, Obispo Auxiliar,

Amados hermanos en el sacerdocio ministerial y bautismal

Hermanos y hermanas televidentes y radioyentes,

La solemne liturgia de la misa crismal de esta mañana despliega ante nosotros la esplendorosa belleza de la Iglesia local que peregrina en Maracaibo. Un  torrente caudaloso de gracia se vierte sobre nosotros para profesar juntos la fe en el único sacerdocio de Nuestro Señor Jesucristo del cual participan los fieles en el sacerdocio bautismal los pastores en el sacerdocio ministerial.

Te glorificamos y te alabamos, Padre Santo, porque tu Hijo muy amado, hecho hombre en el seno de María Virgen, ha sellado con la sangre preciosa desu Pascua la nueva y definitiva alianza y ha hecho de nosotros “descendencia elegida, reino de sacerdotes y nación santa, pueblo adquirido en posesión para anunciar las grandezas del que nos llamó de la oscuridad a su luz admirable.” (1 Pe 2,9). Señor Jesús, único y eterno sumo Sacerdote, en este año sacerdotal te bendecimos y alabamos porque, por medio de tu muerte y resurrección, has abierto de nuevo para la humanidad extraviada las puertas de la casa del Padre. Te glorificamos y te bendecimos, Espíritu santificador, porque por medio de la gracia de la imposición de las manos y de la unción consecratoria suscitas sacerdotes ministeriales que hacen presente a Cristo cabeza y pastor, anuncian el evangelio del Reino, santifican al pueblo de Dios con los sacramentos y edifican la comunidad cristiana en la caridad.

Esta mañana, reunidos en asamblea santa, proclamamos con gozo que la Iglesia de Cristo que peregrina en Maracaibo es ese pueblo santo y sacerdotal adquirido por la preciosa sangre que brotó del costado abierto del crucificado. El Señor Jesús mismo es el que nos ha convocado a todos a formar un solo cuerpo, a constituir un solo pueblo. Todos estamos llamados a glorificar a Dios viviendo y trabajando en comunión  según la condición y estado de cada uno, colocando con responsabilidad nuestros dones y carismas para construir la unidad desde la diversidad. “Aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo al quedar unidos a Cristo y somos miembros los unos de los otros” (Rm 12,5).

Como Iglesia de Cristo en Maracaibo no tenemos otra misión que la de construir entre todos la comunión en la participación y la solidaridad. Desde la realización del Concilio Vaticano II, en los años sesenta hasta hoy, nuestra madre la Iglesia no ha cesado de recordarnos que la vida en comunión es nuestra vocación y nuestra misión. El Espíritu Santo hizo patente que ese es el camino que la Iglesia, con todos sus componentes, debe recorrer para que el mundo actual acoja la inagotable riqueza del Evangelio de Cristo como savia viva en las venas de sus culturas. En su testamento espiritual Jesús nos lo pide: “Vivan unidos para que el mundo crea que en verdad he sido enviado por el Padre” (Jn 17,21).

Todos los que por el bautismo recibimos el don del sacerdocio real de Jesucristo y formamos parte de su Iglesia, compartimos esa misma misión. Ese es el reto mayor que la Iglesia del Concilio Plenario de Venezuela recogió en el documento sobre la Comunión en la vida de la Iglesia en Venezuela como la primera de sus orientaciones pastorales: “La comunión es un don y una gracia de Dios que debe ser asumida por la comunidad como su tarea y misión. Para ello se debe promover la espiritualidad de comunión y diseñar un proyecto pastoral de gran aliento con el cual entrar en el tercer milenio, que haga concreta la misión evangelizadora de la Iglesia en el país y sus aportes en la construcción de una nueva sociedad (CVI 62).

¿Cómo llevar a un pueblo a vivir la comunión? ¿Cómo sacarlo de la dispersión, del individualismo religioso? ¿Cómo contrarrestar los efectos del secularismo, de las ideologías ateas, de las creencias naturales y esotéricas? Se trata sin duda de una tarea ingente y urgente que reclama una nueva evangelización y nuevos evangelizadores. Todos los Papas postconciliares, el Beato Juan XXIII, Paulo VI, Juan Pablo I, Juan Pablo II y Benedicto XVI junto con un creciente número de obispos del orbe con sus presbiterios y colegios diaconales han decidido asumir ese reto con nuevo ardor, nuevos métodos y nuevas expresiones. A lo largo de estos 45 años la Iglesia se ha movilizado a través de Sínodos, de Conferencias Continentales, de Concilios plenarios nacionales y de toda clase de Encuentros para diseñar nuevos caminos pastorales, proponer la espiritualidad comunitaria y forjar las grandes líneas de una pastoral de comunión.

No dudo en afirmar que uno de los grupos más atendidos por esta renovación ha sido el de los Obispos y de los presbíteros. Pero es también el grupo sobre el cuál más se han ensañado las fuerzas del mal en estos últimos tiempos para tratar de destruirlo y descalificar su testimonio y su credibilidad. La advertencia de Jesús a Pedro antes de su Pasión vale también para los zarandeados pastores de hoy: “Simón, Simón, mira que Satanás los ha reclamado para sacudirlos como al trigo. Pero yo he rogado por ti para que tu fe no decaiga y tu, una vez convertido, confirma a tus hermanos” (Lc 22,31).

Los grandes y dolorosos escándalos provocados por hermanos nuestros nos deben llevar tomar conciencia de que llevamos el tesoro de nuestra vocación sacerdotal en vasijas de barro (2 Co 4,7). ¿Cómo olvidar que nada hace sufrir más a la Iglesia, Cuerpo de Cristo, que los pecados de sus pastores, sobre todo de aquellos que se convierten en ladrones de ovejas ya sea porque las desvían con sus doctrinas privadas, ya sea porque las atan con los lazos del pecado y de la muerte? También a nosotros se aplica, amados hermanos sacerdotes, el apremiante llamamiento a la conversión que hemos oído en Cuaresma para nos alejemos del pecado y nos arrojemos en los brazos de la misericordia divina. Que el Señor nos preserve del terrible riesgo de dañar a quienes debemos salvar (Cf. Homilía de Benedicto XVI en la inauguración del año sacerdotal)

Somos frágiles y pecadores, por eso debemos asumir nuestro ministerio con humildad, con espíritu de servicio, esforzarnos por aprender de los errores propios y ajenos, por estar siempre vigilantes, por fortalecer nuestra vida de fe, y por aprovechar la gracia de este año sacerdotal ayudándonos unos a otros en la consolidación de nuestro presbiterio y de la praxis de la fraternidad sacramental-

Mirado con ojos de fe en su conjunto, ¡el sacerdocio ministerial ha sido un gran don del amor del corazón de Jesús para nuestro pueblo! Da alegría saber que desde sus inicios nuestra Iglesia local nunca ha carecido de los pastores que ha necesitado para servir el sacerdocio bautismal de los fieles. En toda la geografía arquidiocesana, desde la ciudad hasta los poblados más cercanos a la frontera, están las huellas de las sandalias de los misioneros, de los curas doctrineros y de los párrocos diocesanos. Según una lista aún incompleta elaborada por uno de nuestros laicos historiadores desde la creación de la diócesis en 1897 hasta hoy son casi 400 los sacerdotes entre diocesanos y religiosos que han servido esta Iglesia.

Da alegría saber que en su gran mayoría de esos 400 sacerdotes la gran mayoría, con sus limitaciones y defectos humanos, han sido celosos pastores que supieron entregarse de lleno a su ministerio en medio de grandes privaciones y dificultades y sembraron la buena semilla de la vida cristiana en innombrables hogares zulianos. Son ellos quienes secundados por ejemplares catequistas, apóstoles laicos y madres abnegadas, fundaron escuelas, crearon dispensarios, le abrieron caminos nuevos a la evangelización a través de la prensa escrita, de la radio y de la televisión. La presencia de un sacerdote enamorado de su vocación es el mayor regalo que pueda recibir una comunidad cristiana.

El presbiterio es un cuerpo, un ordo. Así fue concebido desde que el Señor reunió en torno a si a los 12 para que estuvieran con él (Cf Mc 3, 14-15). Esta condición supone y conlleva la vivencia de la comunión. La fraternidad que une a obispos y presbíteros no es una simple relación de colegas, no es un mero vínculo gremial. Es una fraternidad sacramental. Es decir apunta a la vivencia de una unión que brota del mismo sacramento y vincula a todos los que han sido configurados con Cristo cabeza y pastor de su rebaño. Con esta doctrina la Iglesia quiere romper con un estilo de vida individualista que se introdujo entre los sacerdotes siglos atrás. Arrastramos un modelo de vida desfasado, feudal que condiciona todas las expresiones de nuestra vida ministerial: el servicio pastoral, la administración de bienes, el concepto de autoridad, el estilo de vida y las relaciones interpersonales.

El Concilio cambió la óptica al colocar el sacerdocio ministerial al servicio del sacerdocio común de los fieles y resaltar la figura del presbiterio como esa nueva realidad conformada por el obispo, los presbíteros y los diáconos y que se constituye como una nueva expresión de la presencia de Cristo sacerdote en cada Iglesia local. En cada diócesis encontramos entonces un cuerpo sacerdotal cuya cabeza es el obispo con una misión colegial que implica unidad de objetivos, y solidaridad en la corresponsabilidad. El presbiterio se revela entonces como una de las expresiones privilegiadas de la Iglesia-comunión. Junto a esta dimensión del presbiterio encontramos otra enseñanza complementaria: la fraternidad sacramental.

Cuando afirmamos que la fraternidad entre los presbíteros es sacramental queremos expresar con ello que tanto la santidad de nuestra vida como la eficacia de nuestro servicio pastoral están estrechamente ligadas a la vivencia de ella entre nosotros. Queremos decir que no es fruto de nuestra buena organización sino una realidad que nos antecede, en la que nos insertamos por la ordenación y la incardinación. Es una realidad de gracia expresada maravillosamente en la experiencia de vida que Jesús les trasmitió a sus apóstoles en el cenáculo cuando les invitó a permanecer unidos a él como él lo está con su Padre. Aquella noche, el Señor no se dirigió a cada uno individualmente sino al cuerpo discipular, a los 12 que estaban con él. Ninguna rama puede producir fruto por si misma sino permanece unida a la vid (Cf Jn 15,4). Es en esa realidad fundada y sostenida por Cristo donde cada sacerdote se injerta y desde donde se hace posible su vocación. Sin mí no pueden hacer nada (ibíd. v 5). Si no viven la comunión entre sí conmigo no podrán hacer nada.

El presbiterio es uno de esos dones que el Señor le ha dado a su Iglesia del siglo XXI para su renovación. Acogerlo con seriedad exige de parte de todos nosotros una profunda conversión. Descubrir la necesidad de esta conversión es ya una gracia singular; traducirla en praxis pastoral un desafío de mucha monta. Les invito a todos ustedes, hermanos sacerdotes y a todos los fieles presentes y televidentes a pedirle al Señor en esta misa crismal del Año sacerdotal la gracia del presbiterio como un cuerpo integrado y fraterno de cooperadores del obispo para construir juntos la Iglesia-comunión. El momento apropiado para pedir con más insistencia esta gracia es el de la renovación de las promesas sacerdotales. El diálogo que se establece entre el obispo y sus hermanos sacerdotes es parecido al que Jesús entabló con Pedro a orillas del lago de Tiberíades después de la resurrección. Como en el caso de Pedro, el Señor sabe cuántas veces ha cantado el gallo en nuestras vidas, sin embargo, a pesar de ello, no duda en entregarnos confiadamente una parte de su rebaño para que lo pastoreemos en su nombre con la fuerza del amor (Cf Jn 21,15-17).

Que esta renovación nos selle y nos una con un vínculo mucho más fuerte que el de la carne y el de la sangre. Acordémonos que en la última Cena Jesús no instituyó solamente la eucaristía y el sacerdocio ministerial sino que quiso sujetar esa doble encomienda con el lazo indisoluble con el mandato supremo del amor mutuo. Somos hombres de la eucaristía en la medida en que como el Maestro también nos hacemos transmisores con nuestro propio ejemplo del mandato del amor hasta el colmo de dar la vida por los que amamos. Nosotros tenemos una manera propia y única de trasmitir el mandamiento del amor: haciéndolo presente afectiva y efectivamente en nuestra familia presbiteral. El amor fraterno dentro del cuerpo presbiteral es nuestra regla de vida y nuestra carta de presentación.

“La unión de los presbíteros con los obispos es mucho más necesaria en estos tiempos porque en ellos, por diversas causas, las empresas apostólicas no solamente revisten variedad de formas sino que, además, es necesario que excedan los límites de una parroquia o de una diócesis. Ningún presbítero por tanto puede cumplir cabalmente su misión aisladamente o individualmente sino tan solo uniendo sus fuerzas con otros presbíteros, bajo la dirección de quienes están al frente de la Iglesia” ( PO 7)  Por tanto cada uno de los presbíteros se une con sus hermanos por el vínculo de la caridad, de la oración, y de la incondicional cooperación; así queda de manifiesto aquella unidad que Cristo quiso establecer entre los suyos, a fin de que el mundo conozca que el Hijo del hombre  ha sido enviado  por el Padre” ( PO 8).

La Eucaristía es hoy y siempre nuestro supremo motivo de alegría y de esperanza. Es camino y puente entre tierra y cielo. Es la presencia del futuro del mundo en el hoy de nuestra historia. Animados por el ejemplo del Cura de Ars, renovemos todos fieles y pastores nuestro amor por el doble don de este sacramento admirable y de los ministros elegidos por el Señor para celebrarlo “en memoria suya”. La Eucaristía es el sello más hermoso que podemos imprimirle a nuestra identidad sacerdotal.. No tenemos nada mejor que ofrecerles a nuestros fieles que la Santa Eucaristía. Que se vuelva para nosotros y para los fieles a quienes servimos la fuente de nuestra felicidad y de nuestra perenne alegría. Amados hermanos sacerdotes, los llevo a todos en mi corazón: a los presentes y a los ausentes, a los cercanos y a los lejanos, a los mayores y a los más jóvenes; a los enfermos y a los afligidos: a todos, pues todos participan conmigo de la gracia de mi apostolado (Cf Fil 1,7). Gracias infinitas al Señor porque me da la alegría de participar una vez más este año de la gran fiesta de esta Iglesia local, que está viva y pujante y se abre camino llena de confianza hacia el futuro guiada por la protección de la Madre de Chiquinquirá.

Catedral metropolitana de Maracaibo 30 de marzo de 2010

+Ubaldo R. Santana Sequera

 

 

Acerca de secatmaracaibo

Arquidiócesis de Maracaibo
Esta entrada fue publicada en Arquidiocesana. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s