Carta Pastoral de Cuaresma de Mons. Ubaldo Santana(Parte II)

Tercera etapa.

La Pasión es el camino de la Resurrección”

Accedemos a ella por el segundo domingo de cuaresma. El texto bíblico referencial es el relato de la Transfiguración del Señor. Lucas ubica este acontecimiento en el camino que lleva a Jesús y a sus discípulos a Jerusalén donde se consumará su éxodo pascual. Jesús sube a un cerro con tres de sus discípulos y estando en oración se llena de luz, aparecen a su lado Moisés (La Ley) y a Elías (Los profetas), los envuelve una nube y de ésta se oyó la voz de Dios decir: “Este es mi hijo, mi elegido, escúchenlo” (Lc 9,28-36). El Padre confirma de esta manera la validez del camino escogido por Jesús en Nazaret para llevar a cabo su misión salvadora y del que trató de sacarlo Satanás, camino que pasa por el dolor, el sufrimiento y la muerte y desemboca en la resurrección. De esta manera da a entender que todo aquel que quiera ser su discípulo ha de estar dispuesto a recorrer esa misma ruta: “El que quiera seguirme, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y sígame. El que quiera salvar su vida la perderá pero quien pierda su vida por mí la salvará” (Lc 9,23).

La actitud que se nos propone en esta segunda etapa es la escucha de la Palabra. Para poder superar las tentaciones y seguir a Jesús hasta el final necesitamos adiestrarnos en la escucha y aceptación de la Palabra. “Ojala escuchéis hoy su voz” nos amonesta el Salmista (Cf Sal 95,7). Solo a la luz de la lectura orante de la Palabra, la Lectio divina, descubriremos cuáles son los planes del Señor, a diferenciarlos de los nuestros y por consiguiente estar dispuestos a asumirlos como lo hicieron los esposos José y María antes los anuncios del ángel Gabriel (Mt 1,18-25; Lc 1,38). “Mis planes no son sus planes, sus caminos no son mis caminos, oráculo del Señor, Como el cielo está por encima de la tierra mis caminos están por encima de los suyos y mis planes de sus planes” (Is 55, 8-9). En su carta a los Filipenses, que se lee en la segunda lectura de este domingo, San Pablo nos invita a colocar nuestra mirada en Cristo Jesús, la meta que nos espera, a renovar nuestra esperanza en El y a mantenernos firmes en su profesión: “El (Jesucristo) transformará nuestra condición humilde según el modelo de su condición gloriosa, con esa energía que posee para someterlo todo” (Fil 3,17-4,1).

Exhorto vivamente a los párrocos, a los vicarios, a los rectores, a los diáconos permanentes, a los directores de Secretariados y de Colegios y escuelas católicos, a los catequistas a familiarizarse con la lectura orante de la Biblia, la Lectio Divina, (CPV, PPEV 156) y a favorecerla entre todos los fieles apoyándose en el Secretariado de Biblia y Catequesis. Con el patrocinio de las Sociedades Bíblica Unidas y la Asociación Bíblica Hosanna, se ha iniciado también, el programa “La fe viene por el oír”. Con este ingenioso programa se están formando catequistas bíblicos en algunas parroquias piloto de la Arquidiócesis para difundir luego el Nuevo Testamento en audio, en versión castellana y wayuunaiki, mediante el uso de equipo muy sencillo y sofisticado a la vez identificado con el nombre de “proclamador”. Queremos aprovechar también las celebraciones tricentenarias de la Chinita para lanzar una nueva misión bíblica y seguir cumpliendo con la directriz conciliar de entregarle la Biblia al pueblo de Dios.

En esta etapa se lleva a cabo cada año en nuestra Arquidiócesis la Semana de Doctrina Social de la Iglesia. Es la cuarta edición de este evento organizado por el Foro Eclesial de Laicos conjuntamente con el apoyo de la Universidad Católica Cecilio Acosta, las escuelas arquidiocesanas y la diócesis de Cabimas. Nuestra Iglesia local ha ido tomando creciente consciencia de que la necesidad imperiosa de evangelizar las realidades sociales, económicas y políticas de nuestro país. Los católicos con nuestra indiferencia por los asuntos públicos y por la ignorancia de la Doctrina Social de la Iglesia hemos pecado por omisión y somos también responsables de la división, de la injusticia social que impera en el país. Si queremos superar el divorcio entre fe y vida, tenemos que ayudar a nuestros fieles a superar el otro divorcio no menos grave entre fe y razón.[8]. Uno de los mayores desafíos detectados por la Conferencia General de Aparecida y el Concilio Plenario de Venezuela es sin duda alguna el de ofrecerle a los cristianos la debida formación y acompañamiento para que puedan comprometerse con coherencia, con conocimiento y solidez en la transformación, desde dentro, de las realidades humanas según los criterios del Evangelio.

Cuarta etapa:

“Mira con amor a tu pueblo penitente  restaura con tu misericordia a los que estamos hundidos bajo el peso de las culpas”

El tercer domingo de cuaresma es un poderoso trompetazo que nos insta a salir de nuestra vida de pecado y a convertirnos de corazón a Dios compasivo y misericordioso. “Si no se convierten todos perecerán” (Lc 13 1-9). La conversión tiene dos dimensiones fundamentales: apartarse del pecado (aversio) y volverse a Dios (conversio). De hecho, San Agustín define el pecado: como un rechazo a Dios y una inclinación desordenada hacia las criaturas[9]. La conversión es una exigencia radical de la vida cristiana que abarca la totalidad de la persona, pues todos estamos necesitados de la salvación, y se manifiesta en sus acciones; no consiste en librarse de defectos, sino que constituye un proceso radical de aceptación de Jesús: de su persona, de su vida, de su palabra, de sus acciones, en definitiva del Reino de Dios que Él mismo realiza y encarna[10].

La actitud que estamos llamados a cultivar en esta etapa es la de la conversión. La conversión nace de la interpelación que Dios hace al ser humano, no solamente por el olvido que éste ha podido tener de Dios o, de la Alianza que éste ha establecido con su pueblo sino también por el descuido en sus relaciones con sus semejantes. El retorno a Dios implica siempre una actitud de fraternidad para con el prójimo, que afecta la vida en su totalidad[11]. Una verdadera conversión se reconoce cuando brota de adentro, del corazón contrito y humillado del pecador al contemplar maravillado la manifestación en su favor de la misericordia divina. La conversión hacia Dios implica no solamente apartarse de todo lo malo y contrario a Dios[12], sino también una vuelta hacia el hermano, «sacramento del Amor que es Dios» a quien es necesario acoger y no hacerse sordo a sus necesidades[13]. Sólo en la verdadera y efectiva solidaridad fraterna entre los hijos de un mismo Padre puede tener sentido la oración y el culto: «Misericordia quiero y no sacrificios»[14]. San Juan Crisóstomo tiene a este respecto reflexiones de gran actualidad»[15]. La conversión es también un proceso que afecta a la comunidad y sus estructuras[16].

 

Para hacernos solidarios con la superación de la grave crisis energética que afecta a todo el país, como consecuencia de una larga y persistente sequía, colaboremos en el llamado que se nos hace de ahorrar electricidad, agua y otros sistemas de energías.”. [17] Ante tan apremiante necesidad, le pido a los párrocos, rectores y diáconos animadores de comunidades así como a los Institutos de Vida consagrada de vida apostólica y contemplativa incluir elevar al Señor fervientes plegarias y organizar viacrucis para implorar del Creador el precioso don de la lluvia en aquellos puntos geográficos del país donde más se necesita.

Quinta etapa:

¡Señor, por tu Palabra hecha carne reconciliaste a los hombres contigo!”

“¡Gustad y ved qué bueno es el Señor!”. Así nos introduce el salmo responsorial del domingo cuarto de cuaresma en esta etapa de nuestro itinerario de renovación bautismal. La nueva creación empieza cuando Dios por medio de su hijo Jesucristo nos reconcilia con El removiendo el pecado con su muerte redentora, principal obstáculo que se interpone entre Dios y la humanidad. La gran interpelación que nos llega de la liturgia de este domingo viene de San Pablo: “En nombre de Cristo les pedimos que se reconcilien con Dios”! En la escritura el perdón es expresado diciendo que Dios «ha olvidado» nuestros pecados[18]. «El amor «no lleva cuentas del mal»[19]. Tal como afirma en su comentario a la parábola José María Cabodevilla: «Dios ama y el amor ha hecho a Dios vulnerable. Quien ama sufre por el amado y a causa del amado, sufre cuando éste sufre y cuando no corresponde a su amor»[20].

En este domingo se nos ofrece la lectura de la Parábola del Padre misericordioso. El protagonista del relato es Dios, en la figura del Padre amoroso y la humanidad entera se encuentra representada en los rasgos de ambos hermanos: el pecado nos hace rebeldes (el  hijo pródigo) o esclavos (el hijo mayor). Tanto la rebelión del menor como el estallido colérico del mayor sirven de ocasión para descubrir el verdadero rostro de Dios: todo amor entrañable, misericordia y ternura y bondad. Capaz de sanar heridas y de devolver la dignidad perdida a causa de la rebeldía y de la sumisión.

En la parábola, el mayor pecado consiste en el rechazo de la misericordia que Dios nos ofrece: « ¿En qué otra cosa puede consistir la condenación sino en el rechazo definitivo del amor divino[21]. Tanto la actitud del hijo menor, como la del hijo mayor de la parábola están indicando que el pecado «mucho más que la violación de una ley, es el desprecio de un tal sentido es valioso para nuestra revisión personal y comunitaria  considerar que, a la luz amor»[22]. De este modo Jesús proclama la soberanía absoluta del amor misericordioso de Dios Padre, que se manifiesta fiel e incondicional, aún en medio de nuestra soberbia e infidelidad: «Dios es fiel y el pecado es una infidelidad. Dios es luz y el pecado es tiniebla. Dios es la vida y el pecado es la muerte. Dios es el destino del hombre y el pecado un extravío. Dios es el Padre y el pecado es una ofensa contra él. Dios es el Padre y el pecado es un hijo pródigo.[23] En definitiva la actitud y las palabras del Padre tanto hacia el hijo menor, al que abraza, cubre de besos y reviste de una nueva dignidad por su amor, y hacia el hijo mayor al que indica «todo lo mío es tuyo» revela que: «Si somos infieles, él permanece fiel»[24].

La actitud que este momento litúrgico nos invita a cultivar es el sacramento de la reconciliación penitencial. El perdón del Padre amoroso llega a nosotros  por muchos caminos; uno de los más hermosos es el del sacramento de la confesión, el segundo bautismo. Les invito a celebrarlo y acógelo en toda su belleza y fuerza liberadora. Acudamos con regularidad al trono de la gracia donde el Padre misericordioso sale al encuentro de sus hijos pródigos para ofrecerles en Cristo Jesús la gracia del perdón. En este año sacerdotal, invito a mis hermanos sacerdotes a darle un puesto privilegiado, en su ministerio reconciliador, al sacramento del perdón. A cada confesor que acoge un penitente se le aplica con toda su fuerza las palabras de Pablo: “Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo sin pedirle cuentas de sus pecados”.

Hermanos sacerdotes, háganle un buen espacio cada día, antes de las misas, al sacramento de la reconciliación. Denle un cuidado especial al confesionario y si el templo parroquial aún no cuenta con un lugar apropiado para el ejercicio de este ministerio, aprovechen la bendición del año sacerdotal para colocarlo, ciñéndose en su disposición a las normas litúrgicas. Organicen celebraciones comunitarias penitenciales por zonas pastorales. Háganse como Pablo embajadores de la reconciliación y siéntanse gozosos de que Cristo les haya confiado como a los apóstoles tan gran  ministerio. ¡Nuestra Iglesia necesita confesores que través del ministerio del perdón le devuelvan a los cristianos la paz, los liberen de sus cadenas, reabran las puertas de la fraternidad, recompongan las relaciones rotas, y reencuentren los senderos de la amistad con Dios y con sus hermanos! (Cf CPV, CMF No 108)

Sexta etapa:

“Señor, que vivamos siempre de aquel mismo amor que movió a tu Hijo a entregarse a la muerte por la salvación del mundo”

En esta última etapa sale al encuentro de los perseverantes peregrinos el Dios de las promesas liberadoras, envuelto en el manto de su amor misericordioso; un amor poderoso capaz de renovar en su totalidad a los que se dejan habitar por él. El Señor advierte a los que ya han empuñado su arado que no es el momento de mirar hacia atrás (Cf Lc 9, 62) sino de lanzarnos hacia adelante con la mirada puesta en la meta (Fil 3,13-14), impulsados por el soplo esperanzador de la profecía de Isaías: «No recuerden lo pasado ni piensen en lo antiguo; miren que  realizo algo nuevo, ya está brotando ¿no lo notan?»[25].

La liberación de Dios es siempre nueva, es siempre actual, porque tiene su principio y su fundamento en el «Amor-siempre-fiel-que-es-Dios», que no abandona nunca a su pueblo, y que en el momento de la prueba, de la opresión, la amargura y el sufrimiento le dice: «He visto tus lágrimas»[26]. Como Israel, nosotros estamos permanentemente llamados a entrar en la novedad del tiempo de Dios que es perfecto y dinámico («kairós»), y a permitir que transforme nuestro luto en danza, nos quite el sayal de servidumbre y nos vista de fiesta (Cf Sal 29,12). Un solo deseo debe ir colmando todos los espacios de nuestra existencia como le ocurrió a San Pablo: «conocer a Cristo, experimentar la fuerza de su resurrección, compartir sus sufrimientos y asemejarnos a él en su muerte, con la esperanza de resucitar con él de entre los muertos»[27] .

Esta fuerza recreadora que tiene el perdón de Dios revelado en Jesucristo queda manifiesto en el relato joánico de  la mujer sorprendida en adulterio y de sus acusadores. [28]. Un grupo de hombres arrastran ante Jesús a una mujer sorprendida en adulterio. Lo que motiva su intervención no es tanto el interés en cumplir en cumplir con la ley de Moisés sino en desacreditar a Jesús buscando que se contradiga. Y esta vez parece que el aliado de los pobres y defensor de la Ley de Dios no tiene escapatoria. Si perdona a la mujer adúltera se opone a la Ley y entonces no es el Mesías y si la condena y la apedrean entonces se acaba su fama de hombre misericordioso. Jesús calla. Se inclina y empieza a escribir en la tierra. Los fariseos insisten:-< ¿qué dices?>. Jesús se pone de pie y les replica: -“<Aquel de ustedes que no tenga pecado que le tire la primera piedra>”. Se inclinó nuevamente y siguió escribiendo. Los acusadores se fueron retirando uno por uno empezando por los más viejos. La tradición decía que al más viejo le correspondía arrojar el primer guijarro.

El texto pone en evidencia tres juicios: el de la mujer, el de Jesús y el de los acusadores. Los acusadores actúan de esta manera porque temen a Jesús, temen que su enseñanza abra los ojos de los pobres y no se dejen dominar y oprimir por ellos. De alguna manera tienen miedo de lo nuevo que está brotando a través de la vida y de la enseñanza de Jesús (Cf primera lectura). Tienen miedo del cambio, de perder su poder. La mujer sorprendida cometiendo adulterio tiene miedo. ¡Oyó que la iban a apedrear! Está abrumada por la culpa, la vergüenza y la muerte que le espera. ¿Sabrán su esposo y sus hijos de su infidelidad? Jesús en cambio permanece sereno, no tiene miedo de la amenaza de sus adversarios; eso sí, se siente dolido de sus comportamientos para con él y para con la mujer.

Jesús guarda silencio porque él no ha venido a juzgar sino a salvar. «Mujer ¿Dónde están los que te acusaban? ¿Nadie te ha condenado?» Ella le contestó: “Nadie, Señor: “Tampoco yo te condeno. Vete y ya no vuelvas a pecar”». Jesús la está invitando a entrar en la sala del  banquete cuyas puertas ha venido a abrir en nombre del Padre de la misericordia. Esa es su misión principal: «No he venido  a llamar a los justos, sino a los pecadores» y «a buscar y salvar lo que estaba perdido»[29]. La mujer a punto de ser apedreada es esa ovejita perdida que Jesús buen pastor ha venido a buscar afanosamente por montes y valles hasta encontrarla, arrancarla de las fauces del lobo, cargarla sobre sus hombros y conducirla con alegría nuevamente al redil (Cf Lc 15,4-7).

El 24 de marzo, en nuestro caminar hacia la Pascua, haremos memoria agradecida y oraremos por la pronta beatificación del siervo de Dios, Oscar Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador. Nuestras Iglesias necesitan mantener viva la llama del recuerdo de este profeta y pastor latinoamericano que como Cristo, su Señor y guía, también fue rechazado,  perseguido y asesinado por anunciar el evangelio de libertad y justicia y defender a los pobres. Pidamos al Señor que no endurezcamos nuestros corazones cuando las voces proféticas de hoy ponen al desnudo el egoísmo y la maldad que llevamos por dentro. Las voces que gritan libertad y justicia para su pueblo.

La actitud que estamos llamados a cultivar en esta etapa litúrgica es la de la compasión misericordiosa. Pidamos al Señor que no caigamos en el juicio. Cuando juzgamos dividimos, levantamos barreras, nos creemos superiores. El Señor le pide encarecidamente a sus discípulos no juzgar sino por el contrario ser compasivos (Cf Lc 6,36-37). Aquellos hombres quieren que Jesús juzgue a esa mujer. Pero el no puede hacerlo. Esa no es su misión. No ha sido enviado por su Padre Dios para condenar sino para salvar (Cf Jn 3,17); su verdadera misión es la de revelarle al pueblo al que ha sido enviado su verdadero valor y belleza: ¡están llamados a ser hijos de Dios! Jesús ama a esa mujer y ama también a aquellos hombres que la acusan. Cuando Jesús en nombre de su Padre acoge, perdona, le está revelando a cada uno su verdadera y más profunda identidad: ¡eres una persona amada por Dios! ¡Dios es tu padre y te invita a entrar en comunión de amor con él!

Esta es la misión de vida y amor que a nosotros los discípulos de Cristo nos corresponde realizar en este momento en Venezuela. Nuestro país necesita gente reconciliadora; gente que tienda puentes; que no viva de resentimientos y rencores; que no condene; que no se considere superior a los demás sino que promueva con gran creatividad la convivencia, el encuentro y la cercanía fraternal. Dios no nos dijo: <si cambias te amo>. Más bien es cuando nos descubrimos amados por El que decidimos cambiar el rumbo de nuestra vida, abandonar la vida egoísta e insolidaria que llevamos, que dejamos al Espíritu quitarnos el corazón de piedra e injertarnos un corazón de carne (Ez 36,26-30) y voltearnos hacia El y hacia el prójimo.

La única fuerza revolucionaria capaz de cambiar el corazón de los hombres y las relaciones que rigen las relaciones humanas en el mundo es el amor de Dios manifestado en Cristo Jesús. Empezaremos una vida nueva, construiremos un país nuevo cuando resuene dentro de nosotros y nos despierte la inconfundible voz del Amor de Dios, que antecede a todo amor, aquel que en el profeta Jeremías dice a su pueblo: «Con amor eterno te he amado: por eso te he reservado mi favor»[30] «El amor es el fruto más precioso e insustituible de la fe autentica. Jesús ha curado a los hombres con el poder de su amor redentor, liberador. El amor consigue despertar las fuerzas más nobles de la persona, es la suprema vivencia significante, es el acceso a los frutos de la redención y a todos los poderes sanantes»[31].

Si queremos llegar renovados a la Pascua necesitamos que Jesús infunda en nuestros corazones el Espíritu de amor que lo habitó y lo impulsó desde su ingreso a este mundo hasta su elevación a la diestra del Padre. Su amor habrá llegado a nuestros corazones cuando nos transformemos con la fuerza de gracia de la Misión Continental en misioneros ardientes de su amor; nos amemos los unos a los otros como él nos amó. Nos amemos con el amor mayor, el amor de Hijos de Dios y hermanos unos de otros, el amor que transforma a los siervos en amigos y a los amigos en hijos e hijas de Dios y los introduce divinizados en la casa de la comunión trinitaria. El amor que nos hará creativos en la implementación de nuestro proyecto arquidiocesano de renovación pastoral para encarnar ese amor de salvación y de comunión en todas las dimensiones, instancias y niveles de nuestra vida eclesial, partiendo de los que no saben, de los que no pueden, de los que no tienen, de los que no ven, de los que no oyen, de los que no caminan, de los que están lejos de la Iglesia.

Al cura de Ars, San Juan María Vianney en este año sacerdotal le pido que nos enseñe a consagrarnos al Amor infinito de Jesús. A nuestra Santísima Madre Nuestra Señora del Rosario de  Chiquinquirá, cuya renovación según la tradición popular ha arribado a los trescientos años, los encomiendo a todos pidiéndole guíe nuestros pasos, nos acompañe y anime por el desierto cuaresmal hasta llegar a Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, que gloriosamente Resucitado es nuestra Pascua.

Maracaibo el 17 de febrero del año del Señor de  2010

 

+ Ubaldo Santana Sequera

Arzobispo de Maracaibo

Presidente de la Conferencia Episcopal Venezolana

 

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Arquidiócesis de Maracaibo
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