Carta Pastoral de Cuaresma de Mons. Ubaldo Santana (ParteI)

Carta Pastoral de Cuaresma de

Mons. Ubaldo R. Santana Sequera,

Arzobispo de Maracaibo

Texto definitivo (1)

Queridos hijas e hijos de la grey zuliana,

La entrada en el saludable tiempo de Cuaresma me anima a escribirles para compartir la enseñanza de la Iglesia sobre tan importante ciclo litúrgico y exhortarles a vivirlo cristianamente. Deseo acercarme a todos, particularmente a las familias en dificultad, a los enfermos, a los ancianos, a los discapacitados, a los niños maltratados, a los jóvenes vejados en su dignidad, a los desempleados, a las personas privadas de libertad y a los secuestrados. Que Jesucristo que vino a buscar las ovejas extraviadas de su rebaño y ofrecerles a todas el año de la gracia salvadora esté con todos ustedes.

La Cuaresma es un tiempo estructurado según la tipología bíblica de los cuarenta días, número simbólico en la Sagrada Escritura, que significa preparación esforzada y penitencial[1]. Se inicia con el miércoles de ceniza y termina el jueves santo antes de la celebración de la Cena del Señor y representa para la Iglesia y para todos los cristianos deseosos de renovar su fe, un tiempo privilegiado de gracia, un momento altamente favorable otorgado por Dios (2Co 6,1-2), para que renueven en profundidad su vida de fe y particularmente los compromisos adquiridos en el momento del bautismo.

La Cuaresma es un itinerario espiritual que la Iglesia ofrece cada año, tanto a los catecúmenos que se preparan a recibir los sacramentos de la iniciación cristiana como a los cristianos en general, con la finalidad de que lleguen renovados a la celebración de la Pascua. Es un itinerario que tiene una meta: la participación gozosa en la muerte y la resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, misterio central de la fe conocido con el nombre de Misterio Pascual.

La Cuaresma es una escuela de fe que nos lleva a la verdadera conversión y “por la celebración de los misterios que nos dieron nueva vida, lleguemos a ser con plenitud hijos de Dios” (Prefacio I de Cuaresma). Su estructura actual se presenta como una iniciación con etapas, ritos, símbolos y ejercicios ascéticos definidos desde los primeros siglos de la Iglesia. Es el tiempo apropiado para salir en busca de Dios a través de la oración, de la lectura orante de la Palabra, para luchar contra el pecado personal y social y también para abrir nuestro corazón y nuestras manos a los hermanos necesitados sirviéndolos con amor y alegría. La Iglesia como maestra lo ha dispuesto de tal manera que los bautizados y catecúmenos que lo recorren y lo viven a fondo avancen en su madurez cristiana y adquieran el modo de ser, de pensar, de vivir y de relacionarse propio de Cristo Jesús: es decir, el modelo pascual  de ser cristiano.

Nuestras parroquias y rectorías han de transformarse en escuelas de oración personal y comunitaria. Exhorto a todos los párrocos, vicarios y rectores a aprovechar esta cuaresma, si no la han hecho aún, para introducir en su programa cuaresmal la oración litúrgica de los Laúdes y de las Vísperas. La vida de oración es fundamental en la vida cristiana. Pidan y Dios y El les dará, búsquenlo y lo encontrarán, toquen a su puerta y El les abrirá (Cf Mt 7,7).

Por medio de este mensaje quiero invitarles, amados hijos e hijas, a acoger con gran disposición de ánimo a Cuaresma del 2010 y entrar en ella dispuestos a someternos a su disciplina pastoral y espiritual, y a darle a nuestras vidas un nuevo rumbo con una sincera conversión. Hagamos nuestro el propósito que San Pablo les propone a los cristianos de la comunidad de Éfeso: “Ustedes no conocieron a Cristo para vivir así (como los paganos) pues ciertamente oyeron el mensaje acerca de él y aprendieron a vivir como él lo quiere, según la verdad que está en Jesús. Por eso deben ustedes renunciar a su antigua manera de vivir y despojarse de lo que antes eran (.) Deben renovarse espiritualmente en su manera de juzgar y revestirse de la nueva naturaleza, creada a imagen de Dios y que se distingue por una vida recta y pura, basada en la verdad” (Ef 4,20-24)

Para ayudarles a vivir intensamente este tiempo litúrgico y a transformar esta experiencia en un retiro espiritual de la vida diaria, con espacios para la oración, la meditación, el examen de conciencia, la contemplación, el sacrificio, el servicio y la solidaridad, les propongo realizar el recorrido en seis etapas, siguiendo el ritmo indicado por los cinco domingos de cuaresma y el miércoles de ceniza.

Primera etapa:

Que la austeridad cuaresmal nos ayude en el combate cristiano contra las fuerzas del mal”.

La Iglesia nos invita a ponernos en marcha con el miércoles de ceniza. La imposición de la ceniza nos recuerda la fragilidad de nuestra condición humana y nos sitúa ante el misterio del Amor de Dios, el Amor primero que constituye el principio, fundamento y meta de nuestra vida. En la Biblia cubrirse la cabeza con ceniza es signo de duelo o de dolor, de rechazo del pecado y de confianza en la misericordia de Dios. La ceniza que se obtiene de la cremación de los ramos y palmas bendecidas en el domingo de ramos anterior, constituye el resto de un fuego purificador y es protección de rescoldos. Al recibirla se nos recuerda nuestra condición frágil y pecadora, con estas palabras: «Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás»[2]; o bien: «Conviértete y cree en el Evangelio»[3], subrayando la actitud de arrepentimiento y conversión que nos dispone para conmemorar dignamente la Pascua; además simboliza la resurrección que se producirá a partir de nuestras cenizas, indicando, de este modo, el inicio de una nueva existencia.

El inicio de la Cuaresma es una invitación a la realización de un análisis profundo del estado de salud de nuestras relaciones con Dios, con nosotros mismos, con las personas que conviven con nosotros, con las que compartimos en el trabajo y con la creación. Este análisis profundo que hemos de realizar personal y comunitariamente, en nuestras diversas instancias eclesiales, nos sitúa ante la realidad de nuestros pecados y debilidades, personales y sociales, que a veces sentimos que superan nuestras capacidades y abre nuestros ojos a acción misericordiosa que Dios obra cada día en nosotros. El miércoles de ceniza junto con el viernes santo son días de ayuno y abstinencia, prácticas ascéticas por medios de las cuales se busca el dominio de sí mismo y el cultivo de la solicitud amorosa hacia el prójimo, vivida en la solidaridad.[4].

El ayuno es una privación voluntaria de alimentos para destinar lo ahorrado a la práctica de la caridad. San León Magno nos recuerda que el ayuno cristiano “ha de consistir mucho más en la privación de nuestros vicios que en la de los alimentos. Siguiendo esta sabia enseñanza, les exhorto, hermanos y hermanas, a aprovechar la cuaresma para ayunar de juegos de azar, de tabaco, de alcohol, de droga. A los jóvenes a ayunar de televisión, de Internet, de celular, de cine, de fiestas. A los niños de juguetes, sobre todo los bélicos, de peluches y de chucherías. A todos a ayunar de compras y consumos superfluos y destinar el ahorro de esas privaciones a la campaña Compartir o a la reconstrucción de Haití. El ayuno auténtico, según el corazón de Dios debe desembocar en las obras de misericordia[5].

Con la Cuaresma se inicia también la Campaña Compartir que este año llega a su XXXa (trigésima) edición y cuyo tema central es la Educación y el lema: “Un niño sin escuela es un problema de todos”. La educación es patrimonio de todos. Toda persona tiene derecho inalienable a la educación y la cultura. Es deber de todos en el país trabajar afanosamente  en favor de decisiones  que lleven a la práctica este derecho fundamental, sin distinción de raza, sexo, nacionalidad, convicciones religiosas o políticas  o condición social. De ahí la primera finalidad: La formación integral de la personalidad de todos y cada uno de los niños y adolescentes residentes en el país, asentada en el principio de la educación democrática.

La escuela es cruce de caminos y se ve obligada a relacionarse con niños y adolescentes que viven las dificultades de los tiempos actuales; se encuentra, las más de las veces, con alumnos agobiados por un ambiente de hogar carente de condiciones emocionales y socioeconómicas sanas; con comunidades educativas (padres y maestros) que rehúyen al esfuerzo, inconstantes y carentes de modelos válidos a los que referirse. A esto hay que añadir un sentimiento de apatía por el proceso educativo que se cumple en el aula y en la institución. Todo ello es respuesta lógica a las dificultades de orden político, social, económico y cultural que rodean la escuela. En efecto, el drama del hambre y la pobreza extrema que viven la mayor parte de la humanidad no permite la realización de proyectos formativos y educativos que contribuyan al fortalecimiento de los ciudadanos.

Abrigo por consiguiente la esperanza de que este tema despierte el interés y la generosidad de todos los cristianos y personas de buena voluntad. Nuestra arquidiócesis cuenta desde hace más de 40 años con una red escolar de gran importancia, fundada por Mons. Domingo Roa Pérez, presentes sobretodo en los sectores populares, requeridas de urgente respaldo económico por parte de todos los ciudadanos que deseen una formación integral para los niños y adolescentes de hoy, a fin de tener un mejor país en el mañana.

Segunda etapa.

Conocer y vivir con mayor plenitud el misterio de Cristo”

En esta primera semana se nos propone optar por Cristo así como identificar y rechazar las contrapropuestas engañosas de Satanás. Este discernimiento no es posible llevarlo a cabo si no intensificamos la oración, el ayuno y la lectura de la Palabra de Dios. El Señor Jesús antes de asumir en la sinagoga de Nazaret su vocación mesiánica, tuvo que rechazar las soluciones fáciles propuestas por el demonio (Lc 4,1-30). Rechacemos nosotros también los caminos fáciles y cómodos y meditemos sobre las consecuencias personales y sociales que acarrean nuestras malas acciones: pobreza, sufrimientos en la vida de muchas personas, desórdenes personal, político y social, desequilibrios mentales y afectivos, violencias, injusticias, individualismo egoísta e indiferencia ante el dolor ajeno. Mahatma Gandhi, uno de los grandes líderes espirituales de la no-violencia del siglo XX, denunció con voz profética los siete pecados capitales del mundo actual: «riqueza sin trabajo; disfrute sin conciencia; saber sin carácter; negocio sin moral; ciencia sin humanidad; religión sin sacrificio y política sin principios»[6]. No es difícil ver reflejada en esa enumeración la crisis que atraviesa Venezuela y el mundo. La educación de la conciencia, la superación de la indiferencia y la adquisición de una nueva sensibilidad social son tres tareas ineludibles para el cristiano que quiere vivir responsablemente su vocación en los tiempos actuales.

La actitud que se nos propone en esta primera semana es aceptar la prueba del desierto. El desierto representa el lugar donde Dios sometió a prueba al pueblo de Israel, donde Jesús fue conducido por el Espíritu para ayunar y enfrentarse victoriosamente a las tentaciones de Satán antes de empezar su ministerio público. Dios nos invita a nosotros también a entrar en el desierto para encontrarnos con Él, para experimentar y superar las tentaciones que pretenden desviarnos de la ruta que El nos o ofrece. El desierto no es un sitio de permanencia sino de «paso»; es el trayecto que recorremos desde la esclavitud personal y colectiva hacia la libertad, desde la muerte hacia la vida donada en Cristo Jesús. Es un terreno en el que maduramos nuestras opciones como seguidores de Cristo. El camino cristiano, es un estar constantemente en marcha. Nadie emprende un viaje sin saber hacia dónde va; de allí que es necesario dejarnos guiar por Dios que se nos manifiesta en su Palabra y que mediante la Eucaristía y la liturgia nos conduce pedagógicamente hacia nuestro destino: Cristo, nuestra Pascua.

Entramos en el desierto, pero no lo hacemos solos; Dios va delante de nosotros, ya no bajo el signo de la columna de fuego o de la nube[7], sino en la persona del Verbo Encarnado (Jn 1,1.14), en Jesucristo, «Dios-con-nosotros». Únicamente unidos a Cristo podremos salir victoriosos al enfrentarnos a las vicisitudes, problemas, tentaciones y situaciones traumáticas de nuestra vida. Y para estar unidos a Él es necesario que renovemos nuestro compromiso bautismal, y tomemos conciencia de la configuración con Cristo Sacerdote, Profeta y Rey que ha operado en nosotros el bautismo.

 

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Arquidiócesis de Maracaibo
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