MENSAJE A LOS JOVENES EN EL IV Encuentro de jovenes con el Arzobispo

 

MENSAJE A LOS JOVENES EN EL

VI ENCUENTRO DE LOS JOVENES CON EL ARZOBISPO

 

 

 

Amados jóvenes.

 

             ¡Qué alegría volvernos a encontrar y tener la oportunidad de dar la bienvenida a los muchachos y a las muchachas que vienen a este maravilloso encuentro por primera vez! Han venido para tener una experiencia alegre de amistad, de fraternidad, de sentirse parte de la gran familia Iglesia. Han venido sobretodo para encontrarse con Jesús.

 

 ¿A quién han venido a buscar?  A aquel que dijo: “He venido a romper las cadenas de los oprimidos, a liberar a los que están encerrados en las oscuridades y sombras de la muerte! ¿A quien han venido a buscar?  A aquel que dijo: <Yo soy el camino, la verdad y la vida> ¿Con quién quieren encontrarse?  Con aquel que afirmó: “Yo soy la luz del mundo, quien me sigue no anda en tinieblas”. Han venido empujados por el deseo de hacerse amigos de Jesús y en su compañía aprender el verdadero sentido de la vida, la fuerza transformadora del amor.  Y cómo tomar grandes decisiones. 

 

Si andan con lobos terminarán aullando con ellos.  Si andan con Cristo terminarán descubriendo que la auténtica felicidad consiste en entregar la vida por amor para que otros vivan más, mejor y eternamente: “No hay mayor amor que el dar la vida por quienes amamos”.  La Iglesia en este tiempo de Misión Continental no tiene mayor urgencia que la de contar con líderes y acompañantes que sepan conducir a otros a donde vive Dios, para encontrarse con él y permanecer a su lado para siempre.

 

La Iglesia en este tiempo de Misión Continental, necesita de jóvenes de corazón ardiente que pongan sus vidas a la disposición de Dios.  De ese  Dios que hizo brotar agua de las rocas del desierto, que hizo caer codornices del cielo, que regó el campamento con aquel alimento milagroso llamado “maná”, que transformó un puñado de esclavos en un pueblo libre, capaz de hacer alianza con su Señor.

 

Jesús les llama hoy, amados jóvenes, para estar con él con el fin de cambiar el mundo.  ¿Qué significa eso?  Liberar a los seres humanos de sus miedos, contener agresiones, desactivar violencia, eliminar injusticias entre pobres y ricos, romper grillos y cadenas de esclavitud.  Tareas imposibles si sólo dependiera de nosotros, pero que se vuelven realizables si colaboramos con Dios.  Para Dios no hay nada imposible porque del mal saca bien, de la muerte saca vida.  María se atrevió a confiar en él y fue escogida para ser Madre del Hijo de dios hecho hombre.

 

 No tengamos miedo, sin Dios nos arrastra cualquier ventarrón, pero con el viento del Espíritu soplando a favor viviremos plenamente y comunicaremos vida en abundancia. Nuestra relación con Jesús debe ser la fuente más profunda de nuestra alegría de vivir. Dichosos nosotros si nos encontramos con él: pondrá sus manos sobre nuestros ojos ciegos y nos hará mirar más allá de nosotros mismos.  Nos tenderá su mano tierna y poderosa y nos pondrá nuevamente de pie. Nos hablará directamente al corazón y nos devolverá la esperanza de vivir.  Nos introducirá en su círculo abierto de amigos sin fronteras y nos enseñará a amar como él amó: hasta dar toda nuestra vida para que los que amamos vivan abundantemente.

 

Quienes pierdan su vida sirviendo a Dios y a sus hermanos la conservarán; quienes guarden su vida buscando solo sus intereses y sus placeres la perderán para siempre.  ¿De qué le sirve al ser humano ganar el mundo entero si se pierde a sí mismo en cuerpo y alma?  Quien busca pobreza en vez de riqueza, quien acepta insultos y desprecios en lugar de buscar los honores de los poderes del mundo, se torna el ser más valioso para construir un mundo mejor.

 

Es obligación de los padres, de los formadores, de los pastores poner al alcance de los jóvenes personas que les ayuden (a descubrir dónde está el verdadero tesoro de la vida, la perla del Reino) a liberarse de ataduras, a crecer en libertad auténtica y ponerse a la disposición de Dios y de sus hermanos. Todo cristiano que quiera ser libre ha de tener un encuentro personal y constante con la Palabra de Dios.

 

Vivimos en un mundo configurado por la anticultura de la agresividad, de la violencia y de la muerte.  Estamos envueltos en tanto miedo y somos  tan cobardes que la única solución que se nos ocurre para sobrevivir es andar armados, ser más agresivos y violentos que los demás.  ¿Quién le enseñará a esta generación que no hay felicidad posible si no desarrollamos la cultura de la convivencia, de la fraternidad, de la solidaridad y de la paz?  ¿Y quiénes sino ustedes mismos, jóvenes?  No miren hacia atrás, no miren hacia los lados.  Mírense ustedes mismos.  Porque les toca a ustedes hoy, ahora, ya!

 

No es posible una nueva evangelización ni una auténtica liberación sin el protagonismo de los jóvenes, y sin su generosidad, su creatividad, su alegría y su entrega.  Solo con ustedes se podrá construir, con la fuerza del Espíritu Santo la Iglesia fraterna, participativa.  La Iglesia-casa de puertas abiertas para todos los pródigos que quieran  volver.  La Iglesia-escuela donde aprendamos unos de otros, tras los pasos del Señor,  a aceptarnos a reconciliarnos, y a convivir como hermanos/as.  La Iglesia-taller donde nos intercambiemos las herramientas del diálogo, de la comunicación y del servicio desinteresado para construir  un mundo sin barreras, sin discriminaciones, sin explotados ni explotadores, sin opresiones ni oprimidos, sin excluidos ni maltratados.

 

Y la pregunta brota en  sus labios: ¿cómo buscar, cómo encontrar a ese Señor Jesús que me abrirá los ojos, me mostrará el camino, disipará mis miedos, y me infundirá fuerza, alegría y valor y me transformará en un constructor de un mundo nuevo y de una sociedad reconciliada y fraterna?

 

1) Escuchando la Palabra de Dios. Haciéndome discípulo de Jesús, sentándome a sus pies para escuchar su palabra.  La escucha atenta a través de la Lectio Divina, la lectura orante de la Biblia, tanto personal como comunitariamente, afinará mi sensibilidad y mis oídos para escuchar y distinguir entre tantos ruidos el llanto del que sufre, el sollozo del abandonado, el grito del encarcelado y tratado injustamente.

 

2) Hallando mi propia vocación. Quien se pregunta qué debo y puedo hacer sentirá que Dios le necesita.  Cuando los grandes ideales se diluyen y los asfixiamos en una vida  ramplona y postrada ante aparatos que hay que estar cambiando constantemente para estar fashion, cool, la vocación no aparece. La gran cuestión, nos lo recordó el dramaturgo inglés Shakespeare no es: tener o no tener sino ser o no ser.

 

3) Haciendo oración: La oración es una cita obligada con Dios para tratar amistosamente de asuntos mutuos.  En la  escuela de la oración, aprendemos a descodificar el lenguaje de Dios, a descifrar sus señales, a descubrir el ruido se sus pasos por nuestro jardín interior.  En la oración nos hacemos sensibles a Dios, sintonizamos con El y le dejamos que nos lleve, cual velero dócilmente arrastrado por el viento,   más allá de nosotros mismos.

 

4) Ejercitándonos espiritualmente. Esto significa, poner en práctica el evangelio y privilegiar espacios en mi vida que permitan tener la experiencia de un Dios que se compromete con el caminar del joven; un Dios que, él mismo, es eternamente joven. Dios está en mi vida, en mi estudio, en mi trabajo, en mis momentos de ocio y esparcimiento. Dios está en el pobre, el olvidado, el marginado, el enfermo. Dios está en mi familia y en mis amigos. Dios está en la vida de los sacramentos de la Iglesia, especialmente en el de la reconciliación y en el de la Eucaristía. Dios está en la exaltante tarea de transformar este mundo para que sea casa de justicia y de paz para toda la humanidad y no para unos cuantos privilegiados.

 

En este año de San Pablo tenemos en él el mejor ejemplo de un joven que lo dejó todo por Jesucristo y su Evangelio. Un convertido que supo dejar todo y entregarse de lleno a Jesucristo y a la evangelización. ¡Todo lo puedo, grito el apóstol, en aquel que me fortalece!

 

Ánimo, jóvenes, la mirada tierna y amorosa de la Madre de Dios está totalmente posada sobre todos nosotros reunidos en este lugar para compartir nuestra fe y animar nuestro caminar en ella. Con ella oímos resonar en nuestros corazones y en nuestros oídos las  palabras poderosas y tiernas de Jesús que nos llama por nuestro nombre y nos envía: “ ¡Ustedes serán mis testigos hasta los confines del mundo!”  Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

 

 

Maracaibo, Palacio de los eventos, 7 de febrero de 2009

 

+Ubaldo R. Santana Sequera

Arzobispo de Maracaibo

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Arquidiócesis de Maracaibo
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